Luis Eduardo “Chiqui” González fue secuestrado y asesinado bajo tortura en diciembre de 1974. Su compañera Elena Zaffaroni, sus hermanos y su madre mantuvieron viva su memoria durante décadas. A medio siglo del crimen, su historia sigue interpelando sobre la verdad, la justicia y los derechos humanos.
Luis Eduardo “Chiqui” González fue secuestrado y asesinado bajo tortura en diciembre de 1974. Su compañera Elena Zaffaroni, sus hermanos y su madre mantuvieron viva su memoria durante décadas. A medio siglo del crimen, su historia sigue interpelando sobre la verdad, la justicia y los derechos humanos.
Luis Eduardo “Chiqui” González fue uno de los primeros desaparecidos. Murió bajo tortura en diciembre de 1974, a los 22 años. Nació en Young, en 1952, y vivió allí hasta los 12 años, cuando se mudó a Montevideo junto a su familia.
Era un joven locuaz, inteligente y profundamente convencido de sus ideas. Se casó muy joven con Elena Zaffaroni, de quien se enamoró mientras militaban en la Facultad de Medicina y en el Partido Comunista Revolucionario. Tenían muchos sueños y proyectos, pero el 13 de diciembre de 1974 fueron detenidos. Estaban durmiendo en su apartamento cuando, en plena madrugada, un grupo de militares irrumpió y los arrestó. Elena estaba embarazada de cuatro meses. Ambos fueron llevados al Regimiento de Caballería Mecanizada N.º 6. Elena vio a Chiqui por última vez el 24 de diciembre de ese año. “Creíamos que era posible vivir con más y mejor justicia social”, dijo Elena Zaffaroni a El Rionegrense. “Empezamos a militar juntos en facultad. Chiqui era un tipo muy cálido, sonriente, muy analítico. Con la palabra justa, fuerte, fundamentada”, contó. “Éramos todos jóvenes y compartíamos la mayor parte de nuestra vida en lo que hacíamos”, agregó.
Sobre si pensaban que podían ser detenidos, comentó: “Eso estaba pasando. Nuestra militancia era legal. Pensábamos en una revolución, nos mirábamos en las revoluciones que estaban ocurriendo, pero la vía que nosotros creíamos posible era la de la conciencia, la discusión, el trabajo. Cómo llegar a tomar conciencia. No éramos un grupo armado y nuestra área de militancia era la estudiantil”. “Nosotros estábamos recién mudados. Sabíamos que habían detenido a gente conocida, el círculo se había achicado. Chiqui había quedado como el dirigente principal de nuestro grupo. No habíamos sido requeridos. Nunca pensamos en el exilio”, relató.
Elena recuerda cómo fue la última vez que lo vio: “En esa última sesión de tortura que nos hacen juntos, encapuchados, yo le agarré las manos y estaban todas lastimadas. Esa fue una despedida. Los oficiales nos gritaban, y él me dijo: ‘¿Te diste cuenta que esto que estamos viviendo nadie más lo puede vivir?’ Y esa fue una despedida y un compromiso de amor para toda la vida. En el sentido de que yo no los voy a dejar nunca”. “Los hemos llevado en la vida, no solo en la memoria, sino en el compromiso, y en el hijo que tenemos”, agregó.
En ese sentido, contó que siempre intentó explicarle a su hijo el amor de su padre: “Que fuera entendiendo, como los hijos son ese compromiso de toda la vida. Lo mismo que el amor que los gesta, ¿no? Y entonces eso fue lo que sucedió acá: la integridad de su padre, siendo un hombre tan joven, tener esa claridad por amor a él también, por amor al hijo”. Elena afirma que con el tiempo pudo transmitirle a su hijo el “amor y el compromiso” que tenía su padre.
Luis, el hijo de Elena y Luis Eduardo, nació en el Hospital Militar y vivió con su madre hasta los cuatro meses, en reclusión. Luego fue entregado a su abuela materna, quien, junto a Amalia —la madre de Chiqui—, lo crió hasta la liberación de Elena.
Elena recuerda con mucho cariño a Amalia González, la madre de Chiqui. Amalia fue, junto a otras mujeres, fundadora de Madres de Detenidos Desaparecidos. Allí comenzó una militancia social marcada por la búsqueda incansable de su hijo.
“Cacha —como le decían— era un tesoro de persona, una mujer de una dulzura, de una fortaleza, con una gran capacidad de aceptación del otro. Ella lo buscó desde el primer momento. Yo pedí visita con ella y me visitaba junto a mi madre durante toda la prisión”, contó Elena.
Daniel González, hermano de Chiqui, también lo recuerda con mucho cariño. Fue el responsable de hablar el día que se descubrió la placa en honor a Chiqui, ubicada en la Escuela N.º 17 de Young. El evento se enmarcó en la Ley N.º 18.596, de reconocimiento y reparación a las víctimas de la actuación ilegítima del Estado. Sobre ese homenaje, Daniel dijo a El Rionegrense que “Chiqui” vive en los niños que hoy asisten a esa escuela: “Hoy mi hermano se encuentra allí. Lo rescataron sus amigos de Young y está acompañado de esos niños, en un lugar donde se fue forjando durante los seis años del ciclo escolar”, expresó. Daniel también recordó la fortaleza de su madre, quien no solo perdió a su hijo, sino que además quedó enfrentada a parte de su familia por las distintas posturas frente a la dictadura y a lo que pasaba en Uruguay en ese momento. Uno de sus cuñados era militar, al igual que su hermano, y se puede presumir que sabían cuál había sido el destino de Luis Eduardo, pero nunca dijeron nada. Eso llevó a un quiebre familiar.
“Siempre el recuerdo de mi hermano va ligado a la vida de mi madre, y a la nuestra”, manifestó. En ese sentido, recordó que durante la militancia “ella quedaba con mucha angustia, pero jamás nos dijo que no fuéramos. Siempre tuvo una entereza muy grande, asumiendo lo que pasó. Era una ama de casa, no tenía un perfil público, pero cuando desapareció mi hermano comenzó su recorrido por los cuarteles, y se conectó con otras madres para formar el grupo de Madres de Detenidos Desaparecidos. Le tocó enfrentar cosas que jamás en su vida había imaginado”.
La familia no tiene datos certeros sobre dónde puede estar el cuerpo de Chiqui. Por la época de su desaparición, presumen que pudo haber tenido el mismo destino que Roberto Gomensoro, por el modus operandi de entonces. Este último fue encontrado en el lago de Rincón del Bonete, envuelto en alambre y atado a piedras.


















