Columna de Opinión por Dr. Fernando Doti.
En una entrevista reciente, el senador oficialista de la República, Sr. Carballo, consultado sobre el proyecto de rendición de cuentas, afirmó: “Entiendo la importancia del déficit fiscal, pero lo que me interesa es que la gente viva mejor y si el gobierno se tiene que endeudar para invertir en materia de infraestructura y trabajo para que la gente viva mejor, a mi me tiene sin cuidado, a mi me interesa un gobierno para la gente”, agregando que “me supongo que todo el mundo va a estar de acuerdo con esta política que estamos mencionado”. El disparate y nivel de delirio de las declaraciones del senador, son de dimensiones astronómicas.
Se parte del error de creer que el déficit y la deuda no importan si se destinan a «infraestructura y trabajo», ignorando por completo el costo de oportunidad que ello tiene. El Estado no genera recursos propios, solo puede gastar lo que previamente le quita a los ciudadanos mediante impuestos, lo que le quita a las generaciones futuras mediante deuda, o lo que licúa mediante inflación (cuando nole que queda otra que emitir dinero para financiar el déficit que al senador le tiene sin cuidado).
Cuando el gobierno se endeuda masivamente para sostener el déficit, como sucede en el Uruguay desde hace décadas, está consumiendo el ahorro disponible de la gente, del único sector que produce, que es el privado.
En la visión miope del senador, lo que se ve, es que tomando deuda se solucionan los problemas inmediatos de la gente (algo que la evidencia no se cansa de demostrar que genera precisamente lo contrario). Pero lo que no se ve, es la cantidad de nuevos emprendimientos que se vieron frustrados por este tipo de decisiones. El pasado 30 de junio se cumplieron 225 años del nacimiento de Frederic Bastiat, el decimonónico francés que destrozó cien años antes el argumento keynesiano, que sostiene el senador.
Como explicaría Bastiat, el senador solo ve «lo que se ve« (es decir a los obreros trabajando en por ejemplo la obra pública financiada por el estado), pero ignora «lo que no se ve« (los empleos que nunca se crearon y las industrias que no pudieron crecer porque el capital fue confiscado o redireccionado por la burocracia). El gasto político suele guiarse por criterios electorales y de corto plazo, no por la eficiencia productiva que es lo que saca a la gente de la pobreza. Decía Bastiat hace dos siglos: “Supongamos que un golfillo lanza una piedra contra el escaparate de una panadería. El panadero aparece furioso, pero el pilluelo ha desaparecido. Pasado un rato, la gente comienza a reflexionar y algunos comentan entre sí o con el panadero, que después de todo la desgracia tiene también su lado bueno: ha de reportar beneficio a algún cristalero… al fin y al cabo si los escaparates no se rompieran nunca, ¿qué harían los cristaleros?… El vidriero tendrá cincuenta dólares más para gastar en las tiendas de otros comerciantes, quienes, a su vez, también incrementarán sus adquisiciones en otros establecimientos… La lógica conclusión sería, si las gentes llegasen a deducirla, que el golfillo que arrojó la piedra, lejos de constituir díscola amenaza, convertiríase en un auténtico filántropo. Pero sigamos adelante y examinemos el asunto desde otro punto de vista… Este pequeño acto de vandalismo significa, en principio, beneficios para algún cristalero, quien recibirá la noticia con satisfacción… Pero el panadero habrá de desprenderse de cincuenta dólares que destinaba a adquirir un nuevo traje. En lugar de una luna y cincuenta dólares solo dispondrá de la primera o bien, en lugar de la luna y el traje que pensaba comprar aquella misma tarde, habrá de contentarse con el vidrio y renunciar al traje… En una palabra, lo que gana el cristalero lo pierde el sastre. No ha habido, pues, nueva oportunidad de ´empleo´. La gente solo consideraba dos partes de la transacción: el panadero y el cristalero; olvidaba una tercera parte, potencialmente interesada: el sastre. Este olvido se explica por la ausencia del sastre en la escena. El público verá reparado el escaparate al día siguiente, pero nunca podrá ver el traje extra, precisamente porque no llegó a existir. Solo advierten tales espectadores aquello que tienen delante de los ojos.
El verdadero bienestar de la gente no se logra expandiendo el balance del Estado a costa de déficits crónicos, sino permitiendo el ahorro, que la gente se pueda capitalizar, y generando incentivos para que el sector privado —el único capaz de crear riqueza real— pueda trabajar e invertir en libertad.
Decir que el déficit «me tiene sin cuidado» es en el fondo, decir que no le importan los mecanismos para pagarlo. La deuda de hoy son los impuestos de mañana. Si el gobierno actual se endeuda para inflar artificialmente el empleo o la obra pública, está hipotecando el poder adquisitivo de los trabajadores del futuro, y ello tiene un componente antidemocrático e inmoral. Antidemocrático porque se está endeudando a generaciones futuras que no participaron del proceso electoral que puso a los legisladores que toman tan irresponsable decisión, e inmoral, porque se le traslada a las generaciones futuras el costo de las decisiones presentes.
Lo sugerido por el senador, es echar más veneno al problema, del que lo causó. Nada nuevo bajo el sol: la ignorancia económica mezclada con la demagogia de los políticos, siguen siendo el problema, no la solución.







