Por Blanca Elgart
Leo una columna de la Diputada Mercedes Long, sobre una “mirada hemipléjica de la historia” en relación a la Marcha del Silencio y me queda la sensación de que intenta correr el eje.
Claro que hubo violencia antes del golpe. Nadie serio lo niega. Pero no es lo mismo la violencia política que el terrorismo de Estado.
Porque una cosa es que en democracia existan grupos que cometan delitos —y para eso está la Justicia— y otra muy distinta es que sea el propio Estado el que secuestre, torture, desaparezca personas y use todo su aparato contra ciudadanos uruguayos.
Ahí hay una diferencia ética, democrática e institucional enorme.
Por eso cada 20 de mayo miles de personas marchamos en silencio. Porque todavía hay familias que siguen esperando respuestas. Porque todavía falta verdad.
Y la memoria no es patrimonio de ningún partido. Lo demostraron las y los jóvenes de distintos partidos marchando juntos en Montevideo.
Recordar no implica justificar ninguna violencia. Pero tampoco aceptar que se relativice el terrorismo de Estado bajo la excusa de “mirar la historia completa”.
Cuando el Estado cruza ciertos límites, no solo rompe el orden institucional: rompe la confianza de una sociedad en la democracia. Y eso debería preocuparnos a todos.







