Se convirtió en la quinta virgen consagrada del país y la única en la Diócesis de Salto. Compartió el significado de su consagración, el camino vocacional
recorrido y cómo vive esta opción de fe desde la vida cotidiana, el trabajo y el servicio a la comunidad.
El 11 de octubre de 2025, María Belén Gadea se convirtió como virgen consagrada, convirtiéndose en la quinta mujer en Uruguay en asumir este camino dentro del Orden de las Vírgenes, una vocación poco conocida pero profundamente ligada a la vida cotidiana y comunitaria. En diálogo El Rionegrense, compartió qué significó esta decisión en lo personal y espiritual, y cómo se traduce en su vida diaria. “Para mí, la consagración significa la respuesta al llamado de Dios. Dios nos llama a cada uno de nosotros a vivir la vida de una manera particular, y hay un proyecto que se va haciendo en nuestras vidas en la medida en que nos abrimos a ese llamado”, explicó. Según relató, este camino no fue una experiencia repentina ni extraordinaria. “Cuando hablo de llamado no es un momento puntual, no es como en las
películas, que aparece una luz de golpe. En mi proceso personal fueron años de búsqueda, de preguntarme qué quería Dios para mí, dónde me quería y cómo”.
En ese recorrido fue tomando forma la certeza de una entrega total. “Descubrí que Dios me quiere por entero, que dediqué mi vida completamente a su servicio. Y ese servicio no es algo que quede solamente entre Dios y yo, sino que se hace concreto en el servicio a los demás, en la vida diaria, en mi trabajo, en la parroquia, en la vida familiar y en la relación con los ciudadanos de Fray Bentos, que es la ciudad en la que habito”.
La historia vocacional de Belén se inscribe en un profundo vínculo familiar con la Iglesia Católica. Proveniente de una familia católica practicante, la fe estuvo presente desde siempre en su vida cotidiana. En ese contexto, tuvo una influencia significativa su tío William Gadea, nacido en Fray Bentos y quien fue párroco de la ciudad de Young, Salto y Artigas; y cuya labor pastoral marcó de manera especial el camino de fe familiar. “La misa, la catequesis y la comunión eran parte de mi vida”, recordó, aunque también reconoció que atravesó etapas de cuestionamiento, propias de la adolescencia, “como todo adolescente, uno se cuestiona muchas cosas”.
En ese proceso llegó incluso a pensar que su vocación estaba ligada a la vida religiosa. “Creí que este llamado a entregarme totalmente a Dios tenía que ver con la vida religiosa y viví un tiempo con las Carmelitas Descalzas de Florida. Fue una experiencia preciosa, pero entendí que ese no era mi lugar. Dios no me quería monja, pero ese tiempo sirvió para aprender muchas cosas que hoy veo concretas en mi vida”.
Consultada sobre su aporte a la comunidad desde esta vocación, Gadea remarcó que se da en lo cotidiano. “Es en la vida concreta, en el servicio. Yo conocí a una persona concreta, que es Jesucristo, y Él le da sentido a mi vida. Entonces el aporte es mostrar que, a pesar de las crisis, de las dificultades y de las situaciones difíciles, hay algo que va más allá y que da fundamento a la vida”. En ese sentido, explicó que su testimonio no se apoya en signos visibles. “Soy catequista en la parroquia, trabajo en el Colegio Laureles, soy una vecina como cualquier otra, pago impuestos, colaboro. Me ven en la diaria. No uso hábito ni tengo signos externos.
Si no lo sabés, no te das cuenta”, contó.
Para Belén, esa cercanía también implica una mayor exigencia. “No tengo otro signo que no sea mi propia vida. Desde que me levanto hasta que me acuesto, mi anuncio tiene que ser concreto, en lo cotidiano”, contó. Al hablar de renuncias, prefirió hacerlo desde el concepto de opción, “en cualquier elección que uno hace en la vida hay renuncia, porque si elijo algo dejo otra cosa. Por eso hablo de opción de vida”.
En su caso, esa opción implica no formar una familia conyugal. “Elijo dedicar mi vida por entero a Dios y eso hace que no tenga esposo ni hijos. Esa sería otra opción de vida, igualmente válida”. Además, subrayó que existen otras formas de fecundidad. “Hay una maternidad espiritual, una fecundidad distinta. Para el mundo puede sonar raro, pero se vive desde lo profundo, desde ayudar a otros a crecer”.
Actualmente, Gadea es la única virgen consagrada en la Diócesis de Salto, aunque mantiene un vínculo permanente con las demás consagradas del país. “Nos conocemos, nos acompañamos, tenemos un grupo de WhatsApp y buscamos encontrarnos periódicamente para compartir y formarnos, sin caer en estructuras rígidas, que no son propias de nuestra vocación”, explicó.
En cuanto a su familia, reconoció que el proceso tuvo distintas etapas. “Siempre me acompañaron, aunque no siempre entendieron o compartieron todas las decisiones, y eso lo valoro muchísimo”.
Finalmente, explicó que, como toda opción de vida, la consagración se sostiene desde la libertad. “La Iglesia prevé que, si el día de mañana siento que este no es más mi camino, existe un proceso para cambiar. Uno elige pensando en sostenerlo en el tiempo, lo trabaja y lo cuida, pero siempre desde la libertad”.







