por Elizabeth del Río –
Durante años, Río Negro fue abandonado. Calles destruidas, municipios que sobrevivían por el empuje de su gente, servicios en ruinas, vehículos sin control, caminería rural que parecía olvidada, oficinas públicas sin rumbo, dineros mal gestionados y una estructura de gobierno más ocupada en acomodar que en resolver. El deterioro no fue solo material: fue institucional, fue moral, fue simbólico.
Y esa decadencia tiene nombres propios.
Porque mientras muchos miraban para otro lado, el deterioro avanzaba. Mientras se hablaba de gestión, se apagaban servicios esenciales. Mientras se prometía progreso, se multiplicaban los contratos a dedo, las prebendas, el descontrol. ¿Quién auditaba? Nadie. ¿Quién planificaba? Nadie. ¿Quién respondía? Nadie.
Pero el 10 de julio algo cambió. No solo asumió un nuevo intendente. Asumió una forma nueva de gobernar: con aplomo, con calma y con dirección.
Guillermo Levratto no llegó con estridencias, llegó con trabajo. No llegó a improvisar, llegó con un plan. Y no llegó solo: lo acompaña un equipo que en veinte días hizo más que lo que otros hicieron en cinco años.
Se reactivó la Auditoría Interna, una herramienta clave para cuidar lo público, desmantelada por quienes debían usarla para proteger a la gente. Se dieron de baja contratos de acomodo que eran un lastre ético y económico para la Intendencia. Se empezó a ordenar el desastre que dejaron, pero no para mirar atrás, sino para ir hacia adelante.
En tres semanas ya se trazaron planes concretos para recuperar los barrios, mejorar la recolección de residuos, acercar los servicios al interior profundo, proteger el ambiente, promover la salud mental, y sobre todo para devolverle a la gente lo más básico: dignidad.
Y no se trata solo de gestos. Se trata de decisiones. De cambiar el aire viciado por uno nuevo. De gobernar sin miedo, con honestidad y con una convicción profunda de que el Estado no es un botín, sino una herramienta para transformar.
Hoy Río Negro respira distinto. Aún falta muchísimo. Pero por primera vez en mucho tiempo, hay rumbo.
Y ese rumbo tiene nombre: Guillermo Levratto.







