Tras perder gran parte de la visión y la audición como consecuencia de una enfermedad en 2021, Eduardo Merello debió aprender a vivir de otra manera. Con esfuerzo, rehabilitación y una profunda voluntad de salir adelante, reconstruyó su autonomía y hoy acompaña a otras personas que atraviesan situaciones similares, promoviendo una sociedad más accesible e inclusiva.
La vida de Eduardo Merello cambió radicalmente en 2021.
Una operación de sinusitis derivó en una infección que le provocó meningitis y una trombosis venosa cerebral, consecuencias que lo dejaron sin visión y sin audición. Tras ocho meses de recuperación, logró recuperar parcialmente ambas capacidades, pero debió comenzar un proceso de adaptación a una realidad completamente diferente. “Es otra forma de vivir, mi vida anterior”, recuerda al describir aquel momento en el que todo lo que conocía cambió.
Las actividades cotidianas, los desplazamientos y hasta las tareas más sencillas se convirtieron en desafíos que debió aprender a enfrentar de otra manera. Hasta entonces, Eduardo trabajaba en la Dirección Nacional de Recursos Acuáticos (DINARA), en el Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca. Se desempeñaba en un barco de investigaciones y también estaba a cargo de tareas vinculadas a la promoción de vehículos. Sin embargo, las secuelas de la enfermedad le impidieron continuar con sus funciones y, tras un proceso de evaluación médica, accedió a la jubilación por discapacidad.
El camino hacia la recuperación de su autonomía comenzó en el Centro de Rehabilitación del MIDES, donde aprendió técnicas para desenvolverse en la vida cotidiana, utilizar el bastón y adaptarse a una nueva forma de movilidad. “Le cambia la vida a todo el mundo. Porque vos no vas a ver más, pero sí con lo que ves o con lo que podés hacer podés vivir. Normal, con otra normalidad”, expresa. La rehabilitación fue fundamental para recuperar la confianza y comprender que, aunque su vida había cambiado, todavía podía realizar muchas de las actividades que antes formaban parte de su rutina.
Eduardo vive en Montevideo desde hace aproximadamente 40 años y mantiene un vínculo con Fray Bentos, donde visita a sus familiares. En su día a día utiliza herramientas adaptadas en el teléfono y la computadora, además de estrategias que le permiten organizar sus actividades y desplazarse con mayor independencia. En su casa, por ejemplo, mantiene los objetos siempre en los mismos lugares y utiliza etiquetas, referencias táctiles y aplicaciones que le permiten identificar productos y realizar tareas cotidianas. Son pequeñas adaptaciones que, con el tiempo, se transformaron en herramientas esenciales para desenvolverse con autonomía. También aprendió a manejarse en el transporte público, una de las principales dificultades que enfrenta en la ciudad. Para ello, se apoya en las personas que lo asisten en las paradas y en aplicaciones que le permiten planificar los recorridos y reconocer cuándo debe descender.
La experiencia que atravesó Eduardo también lo llevó a involucrarse en la organización Donde Estoy Yo, desde donde trabaja en la sensibilización sobre las dificultades que enfrentan las personas con discapacidad visual y la necesidad de construir ciudades más accesibles. Su compromiso nace, en parte, de haber vivido en primera persona las barreras que existen en los espacios públicos y en los servicios. Una moto estacionada sobre la vereda, un cartel mal ubicado o una rampa que no cuenta con las condiciones adecuadas pueden convertirse en obstáculos que limitan la movilidad y la independencia.
Para Eduardo, la accesibilidad no consiste únicamente en instalar rampas, sino en garantizar que las personas puedan desplazarse de manera segura durante todo su recorrido. También considera fundamental promover campañas de sensibilización que permitan comprender las necesidades de quienes tienen dificultades visuales o auditivas. En ese sentido, señala que muchas veces las barreras no se generan por falta de voluntad, sino por desconocimiento. Por eso, entiende que es necesario trabajar en la formación de la sociedad y en la capacitación de quienes brindan atención al público.
La inclusión también implica respetar la autonomía de las personas. Eduardo sostiene que no se trata de hacer todo por alguien que tiene una discapacidad, sino de brindarle las herramientas y oportunidades necesarias para que pueda desenvolverse por sí mismo. “Lo que nosotros buscamos es que la gente entienda que no tiene que tener un sentimiento de paternalismo. No somos bebés. Podemos ir solos”, afirma. Desde su propia vivencia, Eduardo busca acompañar a quienes atraviesan situaciones similares, especialmente a aquellas personas que pierden la visión de manera repentina y deben esperar para acceder a un centro de rehabilitación. A través de pequeños consejos y técnicas cotidianas, intenta transmitirles que es posible recuperar la autonomía y construir una nueva vida.
Desde el uso del bastón hasta la adaptación de un teléfono o la organización de las tareas en el hogar, cada aprendizaje puede significar un paso importante hacia la independencia. Su experiencia también le permitió comprender que el acompañamiento entre personas que atraviesan situaciones similares tiene un valor especial. No es lo mismo recibir un consejo de alguien que conoce la discapacidad desde afuera que escuchar a una persona que vivió ese proceso y encontró herramientas para seguir adelante. Eduardo reconoce que el proceso de adaptación no fue sencillo.
Antes de comenzar la rehabilitación, llegó a salir de su casa y regresar sin poder continuar el recorrido. Durante un tiempo, dependía de sus hermanos para trasladarse y visitar a su familia. Hoy, en cambio, ha recuperado una parte importante de su independencia y continúa aprendiendo nuevas formas de desenvolverse. Su historia refleja que la rehabilitación, el acompañamiento y la voluntad de seguir adelante pueden abrir nuevas posibilidades incluso después de una transformación profunda de la vida. “Con dificultad, pero se logra”, resume.
Su testimonio invita a reflexionar sobre la resiliencia, pero también sobre la importancia de cambiar la mirada hacia la discapacidad. Eduardo no busca ser definido por lo que perdió, sino por lo que todavía puede hacer y por las oportunidades que tiene para seguir participando activamente en la sociedad. Su historia demuestra que la autonomía no significa hacer todo sin ayuda, sino contar con las condiciones necesarias para decidir, desplazarse y desarrollar una vida propia. A través de su experiencia, Eduardo transmite un mensaje que va más allá de su situación personal: las personas con discapacidad no necesitan lástima, sino respeto, accesibilidad y oportunidades para desarrollar sus capacidades.
Una historia que recuerda que, aun cuando las circunstancias obligan a empezar de nuevo, es posible reconstruir la vida, encontrar nuevos caminos y acompañar a otros en ese mismo proceso.












