Con 83 años y una vida dedicada a las dos ruedas, Héctor Galias es el guardián de la memoria fraybentina. En una entrevista exclusiva con “El Rionegrense”, este maestro del pedal nos compartió reflexiones sobre la honestidad y el valor inquebrantable del trabajo bien hecho.
Cuando uno cruza la puerta del taller de don Galias, no entra a un simple local de reparación de bicicletas. Entra a una máquina del tiempo. El aire huele a aceite y caucho, los mismos aromas que inundaron su vida hace más de seis décadas, cuando un joven de 18 años, con un sueño entre las manos, decidió abrir su propio camino en la calle Hudghes e Instrucciones. Este es su refugio, su museo personal, donde cada bicicleta tiene una historia y cada herramienta un recuerdo.
A sus 83 años, sigue con el mismo ímpetu de aquel primer día, ese 19 de septiembre de 1960. Sentado entre cuadros de bicicleta y cubiertas desgastadas, sus ojos brillan al recordar sus inicios. “Yo fui lechero y trabajé en dos talleres conocidos. Después de cuatro años como empleado, me decidí a largarme por mi cuenta”, relata con una voz que transmite la convicción de una vida entera. «Y haría lo mismo. Seguro. Haría lo mismo. Porque era lo que yo soñaba», afirmó.
Su taller es la extensión de su hogar. Hace 65 años, la vida de don Héctor y su familia se entrelazó con las dos ruedas. «A los tres años de tener este taller yo me casé con la que es mi esposa ahora», cuenta, mientras su mirada se posa con ternura en ella. Con Susana formó una familia, tuvieron dos hijos y vieron crecer a tres nietos, “todo con el taller”.
Héctor no solo reparaba bicicletas; construía sueños. De joven, el ciclismo era su pasión, una que lo llevó a aprender a arreglar su propia bicicleta y que, sin saberlo, le mostraría el camino de su vida. En la época dorada del Frigorífico Anglo, cuando miles de obreros dependían de sus bicicletas para ir a trabajar, su taller era un punto neurálgico, un lugar de encuentro donde se tejían anécdotas y se forjaban lazos.
«Tuve 3 y 4 personas colaborando conmigo en la plenitud de mi trabajo», recuerda, evocando un período en que la bicicleta era el medio de transporte indiscutido en la ciudad.
El tiempo ha pasado y Fray Bentos ha cambiado. Las bicicletas han sido en gran parte reemplazadas por motos y autos, y el trabajo ya no es lo que solía ser. Pero el alma del taller sigue intacta. Ahora, don Galias, lo mantiene para «pasar el tiempo y mis años» según dijo, un lugar donde el contacto con sus vecinos, con sus clientes de toda la vida, le sigue llenando el alma. «Si yo no estuviera acá, ¿qué haría? ¿Estaría encerrado adentro? No. No puede ser eso», confiesa con una sonrisa, reflejando su profunda conexión con la comunidad.
La conversación fluye, mezclando los recuerdos del pasado con las preocupaciones del presente. Don Héctor ha visto cómo la ciudad ha evolucionado, para bien y para mal. Pero su convicción se mantiene firme, como una rueda bien ajustada. A sus 83 años, su mensaje a la juventud es tan simple como poderoso: «Hay que ser honestos también. Honestos en el trabajo, en todo. Si uno quiere progresar, ¿no? Porque si uno no es honesto en los trabajos, no va muy lejos» enfatizó.
Su sabiduría es un faro para las nuevas generaciones. Les aconseja abrazar el deporte, ya sea ciclismo, fútbol o atletismo, porque «todo deporte es salud». Y, por supuesto, no duda en invitar a todos a volver a las raíces de su pasión; «que vuelvan a la bici y si es posible el ciclismo, mejor», dice con una esperanza renovada, sabiendo que Fray Bentos ha avanzado con su pista y entrenadores, haciendo el ciclismo más accesible.
La vida de Héctor Galias es una lección de perseverancia. Es el legado de un hombre que, con sus manos, ha ayudado a pedalear los sueños de generaciones enteras, demostrando que la pasión y la honestidad son las herramientas más poderosas para construir un futuro. Su historia, la de un joven lechero que se convirtió en el guardián de las bicicletas de su pueblo, es un claro ejemplo de que, a veces, los sueños más grandes se construyen a base de esfuerzo, humildad y un profundo amor por lo que uno hace.
















