Un experimento pedagógico en el Liceo de San Javier (Río Negro) revela que la restricción de los dispositivos móviles no solo elevó la concentración
académica, sino que restauró la interacción social y redujo drásticamente los casos de violencia y bullying digital.
La tecnología, omnipresente en el siglo XXI, representa un desafío constante para la comunidad educativa: ¿cómo equilibrar su potencial pedagógico con su capacidad de distracción y en casos extremos, de daño social? El Liceo “Prof. Valentina P. de Diéguez” de la colonia rusa, bajo la dirección de la Prof. Mirle Arévalo, ha tomado una decisión radical que está dando que hablar: la prohibición total del uso de celulares para los estudiantes de Enseñanza Básica Integrada (EBI) dentro del recinto.
Lo que comenzó como una medida de urgencia se ha convertido en un modelo de gestión del bienestar juvenil. En una entrevista exclusiva con El Rionegrense, la directora Arévalo detalla el proceso, desde los motivos que encendieron las alarmas hasta los resultados que hoy se traducen en una mejor calidad de vida y aprendizaje para sus alumnos.
La decisión de prohibir los celulares no fue casual ni teórica. Según la directora Arévalo, la situación demandaba una acción inmediata ante una escalada de problemas de convivencia: “en realidad fue una decisión que se tomó desde el equipo de gestión, desde dirección, porque se estaban dando muchos casos de violencia, de bullying, a través de las redes sociales”.
El celular se había transformado en un arma social. Los estudiantes “se grababan, se hacían memes o stickers y compartían en TikTok”. La dinámica de la agresión digital llegó a un punto de no retorno cuando, incluso, hubo grabaciones en vivo que “escrachaban a algún docente”.
La privacidad de la comunidad se estaba viendo “muy alterada”, generando una constante “rispidez con los docentes” debido a la dificultad de controlar el uso constante del dispositivo. El factor decisivo, el que la Profesora Arévalo denomina “una luz detonante” fue la intervención policial: “tuvimos denuncia de una familia que su hija estaba siendo violentada, acosada a través de las redes sociales”. En ese momento, con la seguridad y la salud mental de los estudiantes en riesgo, se tomó la decisión.
La implementación de una política de cambio tan drástica nunca es sencilla. Las primeras semanas fueron “bastante caótico” reconoce la directora, describiendo al celular como algo que “a ellos los atrapa” al punto de considerarlo “una extensión más del individuo”.
La primera señal de que la medida era necesaria fue observar el comportamiento en los pasillos: los estudiantes “no jugaban, no se conversaban entre ellos y estaban sentados uno al lado del otro, pero solo interactuando a través de la pantalla. Existía un vacío social”.
La medida escaló rápidamente. Aunque inicialmente la restricción era solo para el aula, la persistencia de los problemas en los recreos y pasillos obligó a tomar una determinación final: “se decidió que se sacaba definitivamente del liceo”.
Para asegurar la implementación, la clave fue la comunicación con las familias. Se organizaron reuniones “grupo por grupo a reunión de padres explicándole por qué se llegaba a esta medida”. El apoyo de los padres fue “un 90% aceptado” demostrando que la preocupación por el bienestar de los hijos superó la resistencia inicial al cambio.
Más allá de la concentración: Los resultados en el bienestar A pocos meses de la implementación, los resultados son contundentes y van más allá de una
simple mejora en las calificaciones. Arévalo indica que el cambio más significativo es “la tranquilidad del estudiante”.
La convivencia ha sido restaurada. Los alumnos “volvieron a hablar entre ellos” y se observa que “desapareció la violencia física y también verbal” (con casos mínimos y controlados). Los momentos de ocio y alimentación se han transformado: “almuerzan tranquilos» y han recuperado el tiempo de “sobremesa”.
La directora destaca el resurgimiento de actividades análogas: los jóvenes ahora “están logrando jugar al ajedrez, a las cartas, leen” gracias a la implementación de “rincones de lectura” en la biblioteca.
En el plano académico, también hay evidencia de mejora. Al no tener el celular, la excusa de no poder usar la ceibalita desapareció, con el resultado de que “de cada tres estudiantes teníamos una ceibalita”, dijo Arévalo. Esto, a su vez, permitió a los docentes trabajar la
alfabetización digital de forma controlada y productiva. Lo más importante: se ha notado un aumento en el nivel académico, especialmente en “lo que es la escritura y lectura”. La restricción del celular dentro del liceo no implica un rechazo a la tecnología, sino una restructuración de cómo se enseña a usarla de forma crítica. La dirección puso el foco en que los estudiantes “aprendan a aprender».
Los docentes están trabajando en la enseñanza de la búsqueda de información “confiable” ante la evidencia de que los jóvenes “van directamente a internet y no controlan cuáles son las páginas fiables”.
Otro problema crucial que busca corregirse es el plagio y la falta de comprensión. La directora cuenta que al consultarles sobre párrafos que transcribieron, muchos “quedan en blanco porque no te lo saben explicar”. El uso desmedido de herramientas como ChatGPT sin comprensión ha reforzado la necesidad de trabajar la “comprensión lectora” y la capacidad de “defender su propia postura”.
El legado de esta medida, concluye Arévalo, es formar a un estudiante con un perfil distinto: “ya no son chicos rebeldes” y ahora tienen la capacidad de “estar al lado del otro, pero no simplemente estar, sino poder ser parte de la comunidad”.
Este proyecto, que comenzó como un plan piloto de emergencia, está siendo evaluado por autoridades nacionales de la educación, con la esperanza de que el modelo de “disciplina digital” del Liceo de San Javier pueda replicarse en otras partes del país a la luz de sus resultados positivos.







