El asesor tecnológico, reconocido como Technological Key Opinion Leader y fraybentino de origen analiza la acelerada evolución de la inteligencia artificial, advierte sobre las debilidades de Uruguay en materia de ciberseguridad y explica cómo el Parlamento busca recoger aportes de la ciudadanía antes de avanzar en una eventual regulación de estas tecnologías.
La inteligencia artificial avanza a un ritmo que desafía nuestra capacidad de anticipar sus consecuencias. Mientras sus herramientas se incorporan a la vida cotidiana, también crecen las interrogantes sobre la seguridad, el uso responsable de la información y la necesidad de establecer reglas claras. Para Mauro Ríos el principal desafío no pasa únicamente por el desarrollo de estas tecnologías, sino también por la forma en que los seres humanos deciden utilizarlas, algo que a lo largo de la historia ha sucedido con todas las tecnologías desarrolladas por la humanidad. Con una trayectoria vinculada a la tecnología desde la infancia, Ríos ha sido testigo de buena parte de la transformación digital de Uruguay. Desde las primeras conexiones a internet hasta el desarrollo de la fibra óptica y el gobierno electrónico, su recorrido profesional le ha permitido observar de cerca los cambios que modificaron la manera en que las personas se comunican, trabajan y acceden a la información. En diálogo con El Rionegrense, también repasó su vínculo con Fray Bentos, destacó el crecimiento de las oportunidades educativas en la ciudad y planteó su preocupación por las vulnerabilidades informáticas que afectan a organizaciones públicas y privadas.
El vínculo de Mauro Ríos con la tecnología comenzó cuando tenía apenas 10 u 11 años, después de que sus padres lo inscribieran en un curso de computación en un instituto de Fray Bentos. Aunque ninguno de ellos estaba directamente relacionado con esa área, su madre provenía del ámbito de la salud y su padre del de la cultura, aquella experiencia marcó el comienzo de una trayectoria que continúa hasta hoy. Desde entonces, Ríos ha acompañado distintas etapas de la evolución tecnológica del país. Vivió la llegada del PC (invento de 1985), las computadoras portátiles, las primeras conexiones a internet mediante módem y los avances en infraestructura y servicios públicos digitales. Su participación no se limitó a observar esos cambios. Según relató, estuvo vinculado a hitos como el Programa de Conectividad Educativa de los 90’s, es co-fundador de Agencia de Gobierno Electrónico y Sociedad de la Información y del Conocimiento (AGESIC) y creador de la Unidad Nacional de Asignación de OID, un identificador que hoy permite la CI digital, el expediente electrónico en la Administración Pública y la historia clínica digital. Esa perspectiva también le permite valorar los avances alcanzados por Uruguay en materia de conectividad. Como ejemplo, recordó que durante los años noventa el país ofrecía una modalidad de acceso a internet en la que se pagaba el costo de la llamada telefónica local, sin un cargo adicional por el consumo de internet, una experiencia que, según señaló, no era habitual en el resto de América Latina. Para Ríos, Uruguay ha logrado mantenerse en una posición destacada en infraestructura tecnológica, aunque entiende que esos avances deben reconocerse sin dejar de atender las dificultades que todavía existen. Su vínculo con Fray Bentos también se mantiene, al que regresa para dar charlas y conferencias.
El desarrollo de la inteligencia artificial representa, para Ríos, uno de los cambios tecnológicos más significativos de la actualidad. En ese sentido, explicó que este campo ha atravesado diferentes períodos de impulso (veranos) y desaceleración(inviernos), pero que en los últimos años se ha mantenido una evolución particularmente intensa, favorecida por los avances científicos y la capacidad de los sistemas para procesar el lenguaje natural y datos masivos. La velocidad de ese desarrollo hace que resulte cada vez más difícil prever qué ocurrirá en el corto plazo. Incluso para quienes trabajan en tecnología, anticipar con precisión la evolución de estas herramientas se ha convertido en un desafío. “Estamos en un impulso brutal. Hoy, los seres humanos estamos mirando desde atrás, mirando la cola de una inteligencia artificial que evoluciona más rápido de lo que nosotros podemos prever. Es muy difícil decir qué va a pasar dentro de seis meses; incluso es difícil saber qué va a pasar el mes que viene”, explicó.
Frente a los temores sobre una eventual rebelión de las máquinas o una inteligencia artificial que actúe por voluntad propia, sostuvo que los modelos actuales no poseen conciencia ni motivaciones propias como las humanas. A su entender, muchos de los episodios en los que un sistema actúa de manera inesperada responden a errores de diseño, instrucciones inadecuadas o fallas en los mecanismos de control, directamente atribuibles a incompetencia humana.
La inteligencia artificial puede facilitar numerosas tareas, pero también puede utilizarse con fines perjudiciales,especialmente cuando se trata de sistemas con menos restricciones o de herramientas empleadas para vulnerar mecanismos de seguridad. “Los peligrosos seguimos siendo los humanos en el uso de la inteligencia artificial”, afirmó Ríos, al señalar que los riesgos también dependen de las decisiones de quienes desarrollan y utilizan estas tecnologías.
Uno de los puntos que más preocupa al asesor tecnológico es la situación de Uruguay en materia de ciberseguridad. Si bien reconoció que existen organismos públicos y empresas con sistemas de protección sólidos en materia de ciberseguridad, consideró que, en términos generales, el país todavía presenta debilidades importantes. Ríos hizo referencia a distintos ataques informáticos registrados en los últimos 20 meses y advirtió que uno de los aspectos más preocupantes no es solamente la posibilidad de que se produzcan intrusiones, sino también la dificultad para detectarlas y determinar su alcance. “Uruguay no está bien del todo bien posicionado en materia de ciberseguridad”, y agregó “lo más grave es que no fuimos capaces de detectarlos. Nos enteramos de que nos habían hackeado porque el propio grupo de hackers ya estaba ofreciendo los datos”.
Para el especialista, esa situación evidencia problemas en la capacidad de vigilancia y respuesta de los sistemas. La investigación forense digital cumple un papel central en ese proceso, ya que permite reconstruir qué ocurrió, identificar los rastros dejados por los atacantes y establecer si todavía existe algún acceso no autorizado. Cuando esas capacidades son insuficientes, resulta más difícil determinar qué información fue comprometida y si la amenaza continúa activa. En este sentido Ríos comparte la opinión expresada por las últimas Direcciones de AGESISC, organismo responsable del Centro Nacional de Respuesta a Incidentes de Seguridad Informática (CERTuy) de la Administración Pública. A esta situación se suma la dificultad para formar y retener profesionales especializados. Ríos señaló que las remuneraciones del sector privado y de las grandes corporaciones internacionales pueden dificultar la permanencia de técnicos altamente capacitados en organismos públicos y empresas nacionales. Aunque considera que Uruguay cuenta con posibilidades de revertir esa situación,entiende que será necesario fortalecer la formación, mejorar las condiciones para retener especialistas y otorgar mayor prioridad a la protección de la infraestructura digital.
Más allá de las dificultades técnicas, Ríos considera que existe una brecha entre el ritmo al que avanza la tecnología y el conocimiento que tiene buena parte de la sociedad sobre sus posibilidades y riesgos. Quienes trabajan en el sector suelen estar más familiarizados con los nuevos desarrollos, mientras que para otras profesiones estos asuntos no siempre ocupan un lugar prioritario. Sin embargo, la tecnología atraviesa cada vez más actividades, desde la gestión empresarial hasta los servicios públicos. En ese sentido, sostuvo que los especialistas tienen la responsabilidad de compartir conocimientos y asesorar a quienes deben tomar decisiones. No se trata necesariamente de generar advertencias alarmistas, sino de brindar información sobre nuevas herramientas, tendencias y posibles consecuencias. Para Ríos, comprender estos procesos resulta fundamental para que las instituciones puedan prepararse y adoptar decisiones con más elementos.
En su función actual como Asesor de Transformación Digital de la Presidencia de la Cámara de Representantes, Ríos también sigue de cerca el debate sobre la regulación de la inteligencia artificial y las redes sociales. Sobre eso explicó que el Parlamento impulsó una consulta pública para recibir propuestas de ciudadanos, organizaciones, empresas y otros actores interesados en el tema. El objetivo es reunir aportes que permitan evaluar qué aspectos requieren regulación y cuáles podrían abordarse de otras maneras.
Según detalló, la instancia de participación tiene previsto finalizar el 31 de octubre. Una vez concluida, los aportes deberán ser analizados y podrán servir como insumos para el trabajo de las comisiones parlamentarias y las decisiones posteriores.
Ríos destacó la importancia de escuchar a la sociedad antes de avanzar en una definición legislativa. Considera que no necesariamente todos los aspectos de la tecnología deben regularse y que resulta conveniente identificar los problemas concretos para evaluar qué medidas pueden ser efectivas. También señaló que la experiencia internacional ofrece elementos para analizar qué decisiones han funcionado y cuáles han generado dificultades. Ese aprendizaje, sumado a las propuestas recibidas puede contribuir a diseñar respuestas adaptadas a la realidad del país. En ese sentido, aclaró que existen proyectos sobre regulación de las redes sociales y la inteligencia artificial presentados en años anteriores, pero que el Parlamento está esperando que concluya la consulta pública antes de definir cómo continuará el trabajo. Ríos entiende que la dificultad está en la velocidad con la que se producen los cambios y en la dificultad para anticipar sus consecuencias.
La inteligencia artificial ofrece oportunidades para mejorar procesos, ampliar capacidades y desarrollar nuevas soluciones. Pero su incorporación también exige formación, controles, seguridad y una comprensión más profunda de los riesgos.
Para el asesor tecnológico, el desafío no consiste únicamente en seguir el ritmo de las innovaciones, sino en desarrollar las capacidades necesarias para utilizarlas de forma responsable.







