Por Dr. Ricardo Laurenz
Doctor en Comunicación
La reciente controversia en la Facultad de Psicología de la Universidad de la República por el uso masivo de inteligencia artificial en exámenes virtuales ha reavivado un debate necesario. El cuestionamiento sobre los resultados de una prueba en la que decenas de estudiantes alcanzaron puntajes casi perfectos en tiempo récord parece haber activado la alarma de muchos docentes. La reacción institucional inmediata fue solicitar la anulación del parcial y reafirmar que solo las pruebas presenciales “dan garantías”.
Pero pensemos un momento ¿Realmente el problema está en la inteligencia artificial? ¿O está en un sistema educativo que sigue, pasados 25 años del siglo XXI, midiendo el conocimiento como si estuviéramos en el siglo XX?
La comunicación es la base de toda interacción humana
En un mundo cada vez más interconectado, donde las redes sociales y las plataformas digitales juegan un papel central en la construcción del discurso público, se hace evidente la necesidad de promover formas de comunicación que fomenten el respeto, la empatía y la colaboración.
La Comunicación Positiva se presenta como un enfoque prometedor para lograr este objetivo, al proponer un cambio profundo en la manera en que nos comunicamos, tanto en entornos virtuales como presenciales. Es desde esta mirada donde también debemos abordar los desafíos que trae el avance de las tecnologías y la inteligencia artificial: no con miedo, sino con criterio. No para anular, sino para integrar.
Rechazar impulsivamente la IA , es comunicar desde el miedo
El cuestionamiento y rechazo sistemático al uso de la inteligencia artificial, sin un análisis informado ni alternativas pedagógicas, es un claro ejemplo de comunicación negativa. ¿Por qué?
Porque en lugar de construir un camino de comprensión y adaptación, se opta por:
Reaccionar desde el temor y el prejuicio.
Usar un lenguaje que cancela en vez de acompañar.
Enviar mensajes de desconfianza hacia los estudiantes y la tecnología.
Reforzar una cultura de castigo en lugar de aprendizaje.
La Comunicación Positiva, por el contrario, propone transformar los desafíos en oportunidades, escuchar antes de sancionar y crear estrategias formativas en lugar de respuestas reactivas. La inteligencia artificial, usada con criterio, puede ser una gran aliada. Pero rechazarla por defecto es comunicar desde el miedo. Y el miedo nunca educa.
Fragmentación digital y oportunidades perdidas
En los últimos años, la expansión de las plataformas digitales ha transformado profundamente los modos de comunicarse, de informarse y de habitar lo público. Sin embargo, esta transformación ha traído consigo dinámicas inquietantes: la polarización discursiva, la circulación masiva de discursos de odio, la pérdida de escucha activa, la sustitución del diálogo por la reacción inmediata y la agresión personal. Y todo esto, condimientado por la multiplicación de las “fake news” de diversos orígenes ideológicos.
La lógica de los algoritmos y la viralización han producido una cultura de la fragmentación, donde las palabras muchas veces ya no buscan unificar, sino herir o cancelar. Pero esto no es culpa de la tecnología: es culpa de cómo decidimos —o no— educar y comunicar para convivir.
Enseñar también es aprender
Como docente del Bachillerato de Turismo en la UTU y como padre de dos hijos en edad escolar durante los primeros años del Plan Ceibal, viví en carne propia el choque —o mejor dicho, la distancia— entre la tecnología disponible y la preparación institucional para aprovecharla.
En UTU, no existía un plan claro para el uso de las ceibalitas en el nivel medio. Su aplicación dependía del entusiasmo y del vínculo de cada docente con las herramientas. En mi caso, fomenté su uso activamente: armamos un aula virtual en Facebook (¡una novedad impactante en 2011!), y trabajamos con YouTube, Gmail y otras plataformas. Pero era una isla. La mayoría de los estudiantes usaba sus ceibalitas para jugar, escuchar música o navegar redes sociales, porque no había una estrategia institucional de incorporación pedagógica real.
En cambio, en Educación Primaria, la situación era distinta. Había planificación, compromiso y propósito pedagógico. Recuerdo haber propuesto, como padre, la formación de un grupo para aprender a usar las laptops junto a nuestros hijos. Con el apoyo de Lino Bessonart como voluntario del Plan Ceibal —quien vino desde Montevideo a colaborar dando una clase, por su propia voluntad y a su costo— vivimos una hermosa experiencia de aprendizaje compartido. Padres alejados de la tecnología pudieron integrarse con sus hijos en un nuevo lenguaje digital. Eso también es comunicación positiva.
La IA no es el problema. La falta de pedagogía, sí.
Pretender tapar el sol con la mano no impide que el sol brille. Cancelar los efectos de la inteligencia artificial en vez de repensar cómo y para qué educamos, es elegir la ignorancia por sobre la adaptación.
La IA no reemplaza a la inteligencia humana: la potencia. Puede ayudarnos a redactar mejor, a sistematizar información, a explorar nuevas ideas. Lo que nunca podrá hacer —y eso sí es responsabilidad exclusivamente humana— es formar criterio, ética y pensamiento crítico. Por eso no debemos prohibir la IA en el aula, sino enseñar a usarla bien.
Una oportunidad para evolucionar
El sistema educativo necesita seguir profundizando en el cambio de paradigma, el que fue casi obligatorio a partir de la pandemia de Covid 19 en 2020. Pero en muchos casos que se vieron obligados a virtualizar contenidos y materias, luego de superada la crisis sanitaria, se cancelaron esos avances. Entonces, dimos un paso adelante pero dos atrás.
Pero el gran desafío educativo ahora, es pasar del control a la construcción, del encierro a la conversación, de la evaluación basada en la repetición a la basada en la interpretación.
Se trata de ayudar a pensar, lo que con otro sombrero, trato de hacer desde hace años como periodista, docente y consultor.
La IA es apenas una herramienta más y que seguirá creciendo y transformando nuestra vida cotidiana en todos los sentidos. Lo que está en juego no es la tecnología, sino nuestra capacidad de adaptación, de construir ciudadanía digital y conciencia crítica. Por eso me defino como agnóstico y cartesiano: La duda como método siempre.
Negar estas herramientas, rechazarlas o anular pruebas como única reacción, no es proteger el aprendizaje: es abandonar la posibilidad de renovarlo.
Y, como enseñó Alvin Toffler, “los analfabetos del siglo XXI no serán los que no sepan leer y escribir, sino los que no puedan aprender, desaprender y volver a aprender”.
La educación no debe tenerle miedo al futuro. Tiene que educar para él.
















